Imágenes y experiencia

Imágenes y experiencia

Les comparto una reflexión sobre la relación entre imágenes y experiencia. Necesito aclarar antes que hablo de imagen de una manera particular. Considérese acá el concepto “imagen” en un sentido más amplio. No refiere sólo a imágenes visuales, aunque pueda implicarlas. La imagen es algo de lo que vamos detrás en una determinada experiencia, como expectativa, o la manera en que entendemos algo concreto. De alguna manera es una forma específica, que se mantiene en nuestra mente a través del tiempo.

Llevo muchos años de mi vida persiguiendo imágenes

Pero cada vez que me acerco a ellas

Cambian de forma y se diluyen.

Hay una distancia entre las imágenes y las experiencias.

Difieren.

Las imágenes no soportan la cercanía. Tanto las quiero, que he tenido que mantener la distancia para no perderlas.

Pero entonces no puedo entrar en la experiencia.

Las imágenes son momentos congelados en el tiempo. Pareciera que se mantienen en el tiempo. De hecho permanecen, intactas, en nosotros.

La experiencia no incluye nada que se le parezca a eso. La experiencia es exactamente fluir. La experiencia es cambio permanente. Es sucesión. Esa sucesión apenas si constituye algo concreto, para quien lo mira.

La realidad en este sentido podría definirse en términos de velocidad. Si ralentizamos la sucesión de acontecimientos lo suficientemente lento, como casi deteniendo una película, desaparecen las cosas. Lo mismo ocurre si lo aceleramos. Es en determinado rango de tiempo que un grupo de cosas que se suceden constituyen algo. Más rápido o más lento dejan de constituirlo.

Qué relación puede tener esto con nuestro ritmo de vivir? Qué relación puede pensarse entre nuestra experiencia de la velocidad que pasa el tiempo y cómo captamos las cosas?

Ocurre algo semejante con el espacio. Si nos acercamos demasiado, como haciendo zoom, las cosas se descomponen en sus partes y desaparecen como cosas. Si nos alejamos demasiado ocurre lo mismo, pasan a ser otra cosa.

En la experiencia creemos descubrir las imágenes que buscamos, y seguimos las imágenes dentro de las experiencia. Pero la experiencia siempre se cae, nunca llega.

No puede negarse que la experiencia contiene partes de la imagen. Y tampoco puede negarse que hay momentos, experiencias en que la experiencia encarna la imagen, se cruzan y hacen uno, explotan, arde. Vivimos èxtasis. Estamos frente a lo que buscamos. Pero el hecho de que esa transfiguración dure un momento nos dice algo más de esta relación. Esa fusión entre experiencia e imagen ocurre en el que en el que la vive, no en las cosas. No puedo ser completamente claro con este punto, pero no me refiero a distinguir entre adentro y afuera. Esa unión ocurre dado el particular carácter de la experiencia del que la vive, que lo une indisolublemente con esa experiencia de transfiguración. Sin embargo esta experiencia es vivida como si le ocurriera, y no es capaz de mirarla desde fuera, sino sólo desde dentro. Aquí me doy cuenta que estoy tocando el clásico concepto de sublime.

Esa transfiguración, esa unión por un momento de imagen y experiencia, es el objetivo de la imagen, que quiere tomar forma, pero no es el objetivo de la experiencia. La experiencia no puede mirarse en función de la imagen, porque entonces no será comprendida en su esencial característica, que es cambiar. La experiencia es lo contrario a la imagen. Es necesario dejar las imágenes para ver la experiencia. Pero es asunto de distancia relativa. Pues imagen y experiencia son una pareja. Ver con detención la experiencia implica descomponer las imágenes, casi hasta que desaparecen las cosas. Innumerables experiencias espirituales describen esto. Las imágenes por el otro lado son las cosas, y podemos reconocerlas gracias a ellas. Necesitamos reconocerlas para luego descomponerlas. Por esto la mejor manera de graficar esto es imaginar una onda de sonido con picos y valles, como un movimientos ondulante constante. Las cosas aparecen cuando se generan picos en la onda, que luego se diluyen. Es un ondular en constante cambio. Concentración y dilusión. Esta imagen es semejante a mi juicio de las descripciones budistas de la realidad.

Yo me he perdido en medio camino, entre las imágenes y la experiencia. Siempre, desde chico, preferí mirar. Quizá porque mirar me permitía entender, y entender se transformó en mi manera de intervenir la realidad. Afectándola en la manera de ser entendida. Pero mis conceptos, mis imágenes, se caen, se desmontan. Necesitan generar forma, necesitan asidero, necesitan materializarse, experiencia.

Entrar en la experiencia implica perder las imágenes. A través de la experiencia, las imágenes se ensucian, se destiñen, cambian, pierden fuerza. Pero ahí mismo donde mueren las imágenes, es donde está la posibilidad de que la imagen tome forma. Por alguna razón que desconozco, la imagen debe perder algo para entrar a la forma. ¿Pero tiene sentido perder la imagen para buscarla? La respuesta es otra pregunta: ¿tiene sentido que la imagen se mantenga sólo como imagen y nunca tome forma? La imagen puede permanecer para siempre como imagen, y animar toda una vida en una mente. Pero sólo en una mente. Sola en una mente. Sólo para una vida que quiere ser vivida en la mente.

¿Qué implicancias tiene esto para nuestros tiempos, en que estamos generando constantemente imágenes? (asumo que a este punto ya se entiende que no me refiero sólo a imágenes visuales). Por ejemplo, ¿a qué venimos a Barcelona? Venimos a cumplir una imagen que tenemos de ella, que implica una experiencia específica que buscamos, que tiene que ver con sensaciones, situaciones, asociada a ciertos monumentos, paisajes específicos, acentos, comidas, adoquines, etc. Y pasamos por encima Barcelona. Si es que no ralentíizamos un poco nuestra experiencia para descomponer un poco esas imágenes. Y preguntarnos por ejemplo que significa tanto jamón en las calles, o la historia de determinado barrio, para empezar a ver a sus habitantes. El turismo, el de cumplir un checklist, un bucketlist, es algo fuertemente morboso entendido así. Es voraz. Es una maratón que pasa por encima una ciudad y sus habitantes en busca de un objetivo, que en última instancia no tiene nada que ver con el lugar mismo y sus personas. El turismo es en el ámbito social semejante a la erosión en la naturaleza.

Voy a ser un poco más preciso en mi perderse entre imágenes y experiencia. Antes de la experiencia tengo una imagen de lo que quiero alcanzar, mirando desde lejos. Me acerco a la experiencia para buscarla. En la experiencia encuentro una pálida versión de lo que buscaba, rechazo la experiencia y vuelvo a alejarme. Ahora que vuelvo a mirar esa experiencia a distancia la idealizo y vuelvo a ver esa imagen, entonces aparece la nostalgia. Y no puedo relacionarme de cerca con lo que busco. Entonces ¿cómo salir de la caverna de Platón? En el mito de la caverna, alguno lograba escapar y ver la realidad tal como es, accediendo al mundo de las Ideas. Pero lo que necesita ese superhombre no es visión cabal, no la visión de ver las cosas perfectas. Es al revés. Es ser capaz de ver las cosas en su sencillez, en su pobreza. Y en ellas reconocer sus ideas, sus imágenes. Y ser capaz de vivir sus imágenes, o el continuo duelo de ellas, en la experiencia. Nuestro héroe es héroe porque es pobre, no porque es superior. No porque logra ver en máxima resolución, sino porque es capaz de reconocer su visión en imágenes precarias, en la tibieza de la experiencia.

¿Cómo puedo dejar de pendular entre imágenes y experiencia?