Las Jaibas de Maitencillo

 
 

Al fin

entonces cuando el hombre decide callar decide hablar la tierra, las estrellas se hacen voces, el suelo se hace caminos. Solo cuando nosotros tan vivos tan llenos de futuros ideas proyectos, las manos llenas de tesoros, nos transformamos de repente en oídos mudos y cuerpos ciegos, todos vestidos del mismo uniforme negro por exigencia de la noche, salimos a buscar a tientas, los ojos cerrados la vista abierta. Reconocernos entre nosotros mismos y sabernos ciegos, que buscamos a tientas, es el mismo momento.

No podemos hacer más que entrelazarnos los dedos juntar las manos, parear lo que oímos con lo que tocamos, coordinar lo que miramos a través de lo que decimos, sobre este planeta de tez negra, del que no distinguimos su sonrisa de su llanto.

Avanzando sabiendo que retrocedemos, ronda trémula redonda y ovalada, persiguiendo la marea que alimenta y escapando de la marea que ahoga. Sus monstruos amenazan tenazas, sentimos en los pies su memoria de naufragios milenarios jamas explicados.

Perdido de quien no siento la mano, gritos podrían atribuirse a los pájaros, las pisadas mueren mudas en la arena blanda; sólo hay un himno el del mar, parece ir y venir pero es falso, en la noche es pura presencia.