Copiapó

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Hace 8 años…

que sigo disparando fotos a paredes rocosas. Tengo fotos similares de hace 8 años. Y ahora, que vuelvo a estar de frente a estas texturas, no deja de inquietarme el hecho de aún sentir la compulsión a fotografiarlas. Es la sensación de que sino perdería algo.

 
 

De niño fui muy tímido y callado. En la edad de socializar, tipo 13, me pusieron frenillos, y me avergonzaba de ellos. Evitaba hablar. Me convertí en un gran escuchador. Se me acercaban muchos a contarme sus alegrías y sus penas profundas, incluso si no teníamos mucha confianza. Cuando me preguntaban por mí, yo devolvía la pregunta hacia ellos. De todas maneras no les interesaba más que hablar.

Entonces aprendí a conocer a partir de ver. Aprendí a reconocer lo que los demás sentían en sus gestos, antes de decir. Pude predecir sus actitudes en la manera en que se desenvolvían sus gestos. Reconocía como lo que dicen muchos tiene poco que ver con lo que viven.

Comencé a reconocer estructuras en las cosas. Como se puede escuchar lo que sigue en las canciones, como reconocer las pistas en las películas que indican hacia donde se dirigen. Lo semejante de las narraciones en general.

 
 

Me hice fanático de la asimetría, de la complejidad, de las películas que no tienen una trama definida, de la música que se mueve en espiral, no tiene coro, sino que describen un proceso que no vuelve atrás. Me interesan las sorpresas que rompen la rutina, soy amante de lo irreverente, que destruyen el supuesto marco de sentido en el que descansa la vida diaria.

 
 

Hoy descubro porqué sigo cazado por las líneas de las paredes rocosas: estas líneas no tienen trama, no tienen coro, no tienen dirección, no tienen una intención comunicativa detrás. Y cómo no quieren comunicar nada, son lo que más comunica. Si sigo paso a paso la línea de un surco que baja desde la punta de un monte hasta su falda, en cada cambio de dirección, en cada recoveco, en cada accidente del trazo, no hay nada que quiere decirse. Entonces lo que se dice es la historia misma de ese surco, de este monte, de este terreno. Al no haber ninguna intención, es lo más elocuente. Cada desvío del trazo se debe a la configuración del terreno, a las características del agua, al contexto del clima. Cada línea es única, y fue trazada de una vez para siempre. A diferencia de nosotros las personas, que nos cuesta encontrar las palabras al hablar de nosotros mismos, el surco no sabe dibujar sino de la única manera que puede.

 
 

El silencio

con el que dibuja el cerro

su lenguaje indescifrable enigmático.